Comencé a abrir los ojos lentamente, pero el entorno había cambiado por completo. Ya no sentía la tierra del jardín bajo mis uñas ni el aire pesado de la casa de los Carson; lo supe antes de ver nada. El frío era intenso, un frío clínico que me erizaba la piel de los brazos y me calaba hasta los huesos.
Cuando mi visión finalmente se aclaró, una punzada aguda me atravesó el abdomen. Me llevé la mano a la panza por instinto, encogiéndome sobre la sábana rígida.
—Ah... —Solté un quejido, sintiend