El día continuó como si nada hubiera ocurrido. Y eso, precisamente, era lo peligroso. La villa siguió respirando con su ritmo habitual: el personal moviéndose en silencio, las puertas automáticas abriéndose y cerrándose con precisión, el sonido lejano del agua recorriendo los conductos subterráneos. Desde fuera, todo parecía normal. Desde dentro, cada gesto estaba medido. Adeline avanzaba lentamente por el corredor principal, apoyándose en la baranda. Santiago caminaba a su lado, atento, sin tocarla. Damián los observaba desde unos metros atrás, fingiendo revisar su teléfono mientras vigilaba cada reflejo en los cristales. —Un paso más —dijo Santiago en voz baja—. Despacio. Adeline obedeció. El dolor estaba ahí, constante, pero ya no dictaba las reglas. Cada movimiento era una decisión consciente, una afirmación silenciosa de que seguía siendo dueña de su cuerpo. —Bien —murmuró Santiago—. Así. Desde el jardín, una cámara giró apenas unos grados. Damián lo notó. No di
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