El trayecto fue silencioso. No por falta de palabras, sino porque ambos sabían que cualquier frase innecesaria rompería la concentración. Damián conducía con las luces bajas, atento a cada reflejo, a cada calle secundaria. La ciudad dormía con una tranquilidad engañosa.
Adeline observaba por la ventana.
Las luces pasaban como fragmentos inconexos, demasiado rápidas para aferrarse a una sola. No estaba mareada. Estaba alerta. Su cuerpo sabía que se acercaban a algo importante, y respondía con