Damián descendió las escaleras con la elegancia de un depredador que ya ha olido la sangre en el aire. Sus pasos, firmes y pesados, resonaban en el mármol de la sala de estar, rompiendo el silencio sepulcral que solía reinar a esa hora. A través de los ventanales de cristal, pudo observar el despliegue: sus hombres, sombras vestidas de negro y armadas hasta los dientes, ocupaban cada rincón estratégico de la villa. La casa ya no era un hogar; era un búnker. En cuanto puso un pie en el jardín, el aire fresco de la mañana le golpeó el rostro, pero no logró enfriar la chispa de irritación que brillaba en sus ojos. Uno de sus hombres de confianza, Marcus, se desprendió de un grupo de escoltas y caminó rápidamente hacia él, con el rostro tenso y los hombros rígidos. —Buenos días, jefe —dijo Marcus, cuadrándose. Damián apenas asintió, con la mirada perdida en el horizonte del perímetro. —¿Qué ocurre? —preguntó Damián. Su voz era un susurro ronco, cargado de una autoridad que
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