La sala de reuniones no estaba pensada para la exposición. Era amplia, sobria, con ventanales altos y una mesa de madera clara que reflejaba la luz de la mañana. Damián había insistido en ese lugar por una razón simple: no imponía poder, invitaba a escuchar. Adeline llegó apoyándose en el respaldo de una silla, sin prisa, sin esconder el esfuerzo. No era una estrategia estética. Era coherencia. Los primeros en llegar fueron los representantes de las organizaciones. Saludaron con cautela, midiendo cada gesto, cada palabra. Luego, dos observadores independientes. Finalmente, la prensa seleccionada. Cámaras discretas. Micrófonos apagados. —Aún podemos cancelar —murmuró Damián, inclinándose hacia ella. Adeline negó con la cabeza. —No hoy. Santiago se quedó a un costado, sin bata, sin rol clínico visible. Solo atento. Presente. Cuando todos estuvieron sentados, Adeline tomó la palabra. No se levantó. No golpeó la mesa. No alzó la voz. —Gracias por venir —dijo—. No los llamé para h
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