El reloj marcó las doce en punto y, como si estuviera sincronizado con las campanadas invisibles de una iglesia, la puerta se abrió. Santiago entró con la eficiencia de un reloj suizo, cargando un maletín diferente al de anoche y una expresión que gritaba "negocios". —Hora del espectáculo —anunció, dejando sus implementós sobre una silla—. Espero que hayas desayunado bien, Adline. Vamos a ver cuánto han mejorado o cuantos hemos empeorado. Damián, que había estado sentado a mi lado leyendo correos en su teléfono, se puso de pie al instante. Su mera estatura pareció llenar la habitación, eclipsando la entrada de su hermano. —¿Qué vas a hacerle? —preguntó Damián, su tono oscilando entre la curiosidad y la amenaza. —Palpación profunda, evaluación de rango de movimiento y, si no grita demasiado, un poco de masaje descontracturante para soltar los músculos que se bloquearon por el espasmo —Santiago se frotó las manos con gel antibacterial—. Necesito que te pongas boca abajo, Adline. D
Leer más