El pasillo lateral estaba en penumbra cuando Santiago cerró la puerta tras ellos. No era una habitación destinada a conversaciones largas: apenas un espacio funcional, con estanterías empotradas y una ventana angosta que dejaba entrar una franja de luz pálida. Sin embargo, era suficiente. Nadie los escucharía allí.
Damián fue el primero en hablar.
—Habla —dijo, sin rodeos.
Santiago se quitó las gafas y las sostuvo entre los dedos. Ese gesto, mínimo, delataba más de lo que cualquier palabra p