Damián descendió las escaleras con la elegancia de un depredador que ya ha olido la sangre en el aire. Sus pasos, firmes y pesados, resonaban en el mármol de la sala de estar, rompiendo el silencio sepulcral que solía reinar a esa hora. A través de los ventanales de cristal, pudo observar el despliegue: sus hombres, sombras vestidas de negro y armadas hasta los dientes, ocupaban cada rincón estratégico de la villa.
La casa ya no era un hogar; era un búnker.
En cuanto puso un pie en el jar