Damián terminó de peinarme, manteniendo el suave toque al ejercer la frágil presión que hacía cuando rozaba el peine contra mi cabello liso, con ese cuidado que tanto lo caracterizaba cuando se trataba de tocarme… de cuidarme, lo hacía con esa delicadeza que tanta atención prestaba. Mis ojos jamás bajaron al tocador, los mantenía fijos en él, en sus frágiles movimientos, en sus ojos oscuros, sus ojeras apenas empezaban a notarse y, aun así, se veía esplendido, muy varonil.Cuando acabó de peinarme puso el peine sobre el tocador sin hacer ruido, mis ojos fueron directo a su mano y el peine, y cuando llegaron a su destino volví a mirarlo a través del espejo, el aún seguía mirando mi cabello con una atención que no entendía. Arrugué un poco la frente en un intento de adivinar en que pensaba, hasta que sus ojos se encontraron con los míos, me puse nerviosa y esquivé la mirada para disimular mi claro acoso, sentí mis mejillas calentarse, Que tonta Adeline, tienes que dejar esa mala costumb
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