El esfuerzo de caminar, aunque breve, me había dejado exhausta, pero también extrañamente lúcida. Después de dos días de aislamiento en una bruma de dolor y medicamentos, mi cerebro empezaba a exigir conexión con la realidad.
Damián estaba sentado en el sillón, con su portátil sobre las rodillas, tecleando furiosamente. Parecía el CEO imperturbable de siempre, pero cada pocos minutos sus ojos se levantaban de la pantalla para escanearme, asegurándose de que seguía respirando y cómoda.
—Damián —