LauraEl sol de la mañana entraba a raudales por los ventanales, derramándose sobre la mesa larga, pulcra, demasiado ordenada para el nudo que yo llevaba en el estómago. Todo parecía dispuesto con una precisión casi quirúrgica: los cubiertos alineados, las tazas humeantes, el pan intacto en las canastas. Nada desentonaba, salvo yo.La tía Elena estaba sentada en la cabecera, erguida, con las manos arrugadas juntas frente a su plato intacto, como si el desayuno fuera un trámite secundario frente a algo mucho más solemne. Al igual que el día anterior, vestía de negro, pero además usaba un velo de tul a juego que le cubría el cabello. Más que intimidar, su presencia rozaba lo espeluznante, como si el luto fuera por algo que aún no había sucedido.Rebeca apenas había probado el café. Tenía la taza entre las manos, pero bebía poco; su mirada vagaba, inquieta, cargada de una tensión que parecía a punto de estallar. Carlos, a mi lado, hojeaba distraído unos documentos mientras desayunaba con
Leer más