CarlosEn los días que siguieron a su llegada, la mansión no se hizo más amable, tampoco cambió el ambiente. Seguía siendo una casa que observaba, que medía y que recordaba.Laura intentaba adaptarse, y poco a poco lo estaba logrando. Aun cuando la idea le resultaba amarga, aceptó coordinar con Ana y el equipo de cuidados. No discutió horarios ni rutinas; escuchó, preguntó lo justo y asentó cuando fue necesario.Una mañana la observé desde el otro extremo del comedor.Entró con Gabriel en brazos, seguida por Mariana, y se detuvo un instante, apenas una fracción de segundo, antes de elegir dónde sentarse. Sus ojos recorrieron la mesa sin levantar la cabeza del todo. Evitó la cabecera, también el centro. Escogió la silla cercana a la ventana, donde la luz caía más suave y el paso del personal era menos constante.Mientras se acomodaba, las chicas servían platos y tazas. Nadie miraba directamente, pero todos ajustaban algo: la distancia al pasar, el volumen de la voz, la velocidad de los
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