Carlos
—Carlos —dijo Laura desde el umbral, alarmada—. ¿Qué pasó?
Caminó con cuidado, esquivando cada trozo de cristal esparcido sobre la alfombra. Se detuvo frente a mí. Tenía el rostro pálido, los ojos brillantes y una sombra de humedad en las pestañas. Buscó mi cara con urgencia.
—¿Estás bien?
La pregunta me atravesó con una ironía casi dulce. Asentí despacio, como si aún estuviera recuperando el aire.
—Ya se fueron —respondí—. Mi tía y Rebeca.
Laura exhaló, pero no de alivio.
—¿Por qué…?
N