Laura
El sol de la mañana entraba a raudales por los ventanales, derramándose sobre la mesa larga, pulcra, demasiado ordenada para el nudo que yo llevaba en el estómago. Todo parecía dispuesto con una precisión casi quirúrgica: los cubiertos alineados, las tazas humeantes, el pan intacto en las canastas. Nada desentonaba, salvo yo.
La tía Elena estaba sentada en la cabecera, erguida, con las manos arrugadas juntas frente a su plato intacto, como si el desayuno fuera un trámite secundario frente