Laura
Me arrodillé contra el retrete justo a tiempo.
El vómito subió, ácido, violento. Me sostuve del borde con ambas manos mientras mi cuerpo se sacudía en espasmos cortos. La garganta me ardía. Los ojos se me llenaron de lágrimas que no eran del todo mías.
Oí pasos detrás de mí. Ni siquiera noté en qué momento se abrió la puerta de la habitación.
—¡Señora Laura! ¡Dios! Permítame.
Ana apareció a mi lado, se agachó conmigo y me apartó el cabello de la cara con un gesto rápido, práctico, como si