Laura
El agua caía con violencia sobre mi cabeza y mis hombros, tan caliente que la piel comenzó a arderme, pero no hice el menor intento por apartarme. Me quedé allí, inmóvil, con la frente apoyada en la pared de la ducha, dejando que el chorro me golpeara sin tregua.
El jabón resbaló entre mis dedos. Lo vi desaparecer entre la espuma sin intentar recuperarlo.
Me restregué los brazos con torpeza, luego el cuello, el pecho, insistiendo como si la fricción pudiera borrar algo más profundo que un