El aire estaba cargado de tensión, como si la misma Éteria contuviera la respiración. Ainge y Kael permanecían en el claro del Valle de las Tierras Sombrías, sus cuerpos aún vibrando con la intensidad de la confrontación anterior. La Ceniza, esa fuerza viva que tanto protegía como amenazaba, flotaba en remolinos alrededor de ellos, reflejando la luz del sol naciente en tonos que oscilaban entre el ámbar y el púrpura más profundo. Cada partícula parecía susurrar secretos, ecos de un poder que ha