El amanecer llegó a Lirien sin música.No hubo campanas, ni aves, ni el murmullo habitual de los sirvientes abriendo galerías y encendiendo braseros. El silencio se extendía como una niebla espesa, densa, cargada de una intención que Ainge no supo nombrar, pero que reconoció en su cuerpo antes que en su mente. Se despertó con el corazón acelerado, la piel húmeda, la Ceniza ardiendo bajo sus costillas como un recuerdo que se negaba a disolverse.Kael dormía a su lado, o eso parecía. Su respiración era profunda, regular, pero había una rigidez en su postura que no le pasó desapercibida. Ainge lo observó durante largos segundos, estudiando la línea de su mandíbula, la cicatriz apenas visible cerca de la clavícula, la forma en que incluso en reposo parecía preparado para levantarse y luchar.Pensó, con una claridad que la asustó, que amarlo era también aceptar que algún día podría ser la causa de su caída.Se incorporó despacio, cuidando de no despertarlo, y caminó hacia la ventana. Desde
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