La noche cayó sobre Lirien con una lentitud casi ceremoniosa, como si el mundo mismo dudara antes de sumirse en la oscuridad. Las antorchas del corredor exterior se encendieron una a una, proyectando sombras alargadas que parecían moverse con voluntad propia sobre los muros de piedra. Ainge caminaba sola, descalza, sintiendo el frío del suelo filtrarse por la planta de sus pies, anclándola al presente aunque su mente estuviera muy lejos de allí.
La Ceniza palpitaba bajo su piel. No era un dolor