El amanecer se filtraba a través de los ventanales de la torre de Lirien con un brillo que parecía acariciar suavemente cada rincón de la estancia. Ainge permanecía frente al espejo antiguo, de madera tallada y filigranas que contaban historias de reyes y hechiceras olvidadas, y por un instante, no fue la poderosa maga que había enfrentado a la entidad ancestral ni la estratega que había movido ejércitos con su intelecto. Fue simplemente Ainge, una joven atrapada entre la nostalgia de la pérdid