El aire del Valle de las Cicatrices estaba más denso de lo habitual. No era el viento helado de Skarn ni la bruma que descendía de las montañas; era un silencio cargado de expectativas. Kael estaba en su posición en la colina, con Vidar descansando a su lado, su mirada fija en el horizonte donde se encontraba la delegación de Lirien. El hilo de seda de cristal que Ainge había enviado reposaba en su mano, delicadamente enrollado, pero imposible de ignorar.
Su primera reacción había sido medirlo,