Ariadna no durmió.No fue por el dolor de la nariz ni por la incomodidad de la férula. Fue porque cada vez que cerraba los ojos volvía a sentir el peso del cuerpo de Dante demasiado cerca, su voz baja, la forma en que la había mirado como si estuviera decidiendo algo peligroso. Cuando la claridad del amanecer empezó a colarse por las cortinas, ya estaba despierta, mirando el techo, con la certeza de que no podía seguir ahí otro día más sin pensar.Se levantó antes de que sonara cualquier alarma.En el baño, el reflejo le devolvió una versión de sí misma que no le gustó: pálida, cansada, la nariz todavía amoratada a pesar del maquillaje de la noche anterior. Se tocó la férula con cuidado y soltó un suspiro lento. No estaba bien. Y no tenía por qué fingir que lo estaba.Cuando bajó a la cocina, Dante estaba allí.No parecía sorprendido de verla. Estaba apoyado en la encimera, camisa oscura, mangas remangadas, una taza de café entre las manos. Su presencia llenaba el espacio sin esfuerzo
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