Ariadna cerró los ojos mientras la abrazaba de vuelta.
Y por primera vez desde que despertó del coma sintió algo parecido a hogar.
No era la mansión Rolling.
No eran sus padres.
Era Mara.
El perfume suave que llevaba, la forma desesperada en que la sostenía y aquellas lágrimas reales terminaron de confirmarle que toda su vida con Dante no había sido un invento de su cabeza.
Había existido.
Todo había existido.
Wilson se acercó apenas unos pasos al verlas llorando, pero Ariadna levantó rápidamen