Mis dedos se movieron con una torpeza frenética, ignorando las súplicas de Nicolás, necesitaba saber qué había quedado de mí tras el infierno del puerto. Me zafé de su agarre y, temblando, alcancé el espejo de pared del baño anexo a la habitación.El reflejo me devolvió una imagen espectral. Con un movimiento brusco, clavé las uñas en el borde de la gasa que cubría mi mejilla y la arranqué de un tirón seco.Cerré los ojos un segundo, esperando sentir el vacío de una herida nueva, pero al abrirlos lo que vi fue la misma geografía de siempre. La mancha oscura, esa "maldición" que corroía mi piel y mi confianza, seguía allí, inamovible, trazando su camino irregular desde el pómulo. Toqué la superficie rugosa con las yemas de los dedos. Los doctores de Nicolás seguramente habían pensado que era una quemadura reciente, un trauma del secuestro y por eso la habían vendado con tanto celo.— Sigue igual — susurré, y una risa amarga y seca escapó de mis labios — Al menos no ha empeorado. Sigo s
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