El mundo se detuvo, pero no fue un silencio pacífico. Fue el silencio que precede al impacto de un rayo.Nicolás no gritó. No rugió. Lo que salió de su garganta fue un sonido seco, un chasquido de poder que hizo que el aire alrededor de nosotros se volviera pesado como el plomo. Sentí sus manos sobre mí, pero no para levantarme con ternura, sino para apartarme con una fuerza controlada, asegurándose de que yo estuviera fuera del radio de la carnicería que estaba a punto de desatarse.— Mírate — siseó Nicolás, y su voz no iba dirigida a mí, sino al hombre que yacía en el suelo, el que todavía sostenía el cuchillo manchado con mi sangre.El líder de las hienas intentó retroceder, arrastrándose de espaldas sobre el suelo, pero Nicolás fue más rápido. Antes de que el captor pudiera siquiera intentar suplicar Nicolás le pisó la mano que sostenía el arma. El sonido de los huesos de los dedos quebrándose uno a uno bajo la bota de cuero de Nicolás fue nítido, rítmico, casi musical en su cruel
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