El cielo sobre los Everglades se había teñido de un color púrpura hematoma, presagiando la tormenta que se cernía sobre el pantano. El calor era una masa sólida que se pegaba a la piel, cargada de la humedad de la descomposición y el olor metálico de la sangre. Dentro del almacén, el tiempo se había detenido para Camila, pero su mente, entrenada en las profundidades del trauma ajeno, seguía operando con una precisión gélida.Bianca, la mujer de la cicatriz, sostenía las tijeras con una mano que ya no era firme. Las palabras de Camila habían penetrado la coraza de años de adoctrinamiento mafioso.—No lo hagas por mí, Bianca —susurró Camila, su rostro hinchado pero sus ojos brillando con una luz intelectual indomable—. Hazlo por tu hijo. Moretti está acabado. Alexander Blackwood no es un hombre que acepte la derrota; es una fuerza de la naturaleza. Si te encuentran aquí, siendo su cómplice, no habrá cárcel lo suficientemente segura para protegerte de él. Pero si me dejas ir, si me entre
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