El frío de los Alpes no era nada comparado con el hielo que corría por las venas de Alexander Valente. Frente a él, a escasos veinte metros, la figura encorvada y fantasmal de su hermano Marcus se recortaba contra la blancura cegadora de la tormenta. Marcus ya no era el ejecutivo impecable de trajes italianos; era un espectro envuelto en un abrigo de piel desgarrado, con la mitad del rostro oculta por vendajes amarillentos y una mirada que destilaba un odio purulento.Camila estaba a su lado, con los pies hundidos en la nieve, sosteniendo la pistola con una firmeza que habría asombrado a su antiguo "yo", aquella arquitecta que solo se preocupaba por los planos y las estructuras de cristal. Ahora, ella misma era de cristal templado: hermosa, pero capaz de cortar si se la presionaba demasiado.—¡Mírate, Alexander! —gritó Marcus, su voz quebrada por el daño en sus pulmones, siendo arrastrada por el viento—. ¡El gran León de la Dinastía, escondido en una cabaña de madera con una mujer que
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