El amanecer en Miami se presentó con un cielo de color plomo, una metáfora perfecta del estado de ánimo que imperaba en la mansión Blackwood. La lluvia del día anterior había dejado un rastro de humedad persistente que se filtraba por las juntas de los grandes ventanales, y el silencio en el comedor era tan denso que el tintineo de una cucharilla contra la porcelana sonaba como una detonación.Camila estaba sentada frente a su café, pero no lo probaba. Sus ojos, enmarcados por unas ojeras que el maquillaje apenas lograba disimular, estaban fijos en un documento legal que ella misma había redactado durante la madrugada. Alexander, al otro lado de la mesa, la observaba con una mezcla de dolor y una paciencia que le estaba costando un esfuerzo sobrehumano mantener.—¿Es necesario esto, Camila? —preguntó él, su voz era un susurro ronco—. Sabes que el video del club fue un error impulsivo, pero mi intención...—Tu intención siempre es el control, Alexander —lo interr
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