Los días pasaron con una lentitud agónica. Cuando la dificultad respiratoria de su bebé se agravaba, las horas se arrastraban como melaza. Cada segundo medido por el pitido constante de los monitores. Por la subida y bajada mecánica de su pequeño pecho. En otro hospital, Tomás logró estabilizarse. Las heridas de bala sanaban. Lento, pero seguro. Por otro lado, Adriel quería estar siempre cerca de ella. La excusa era la misma. "Eres la madre de mis hijos." Las palabras repetidas hasta el cansancio. Un mantra que él usaba para justificar cada aparición. Cada mensaje. Cada llamada. Justo dos semanas después, cuando el niño logró respirar sin aparatos por primera vez, Mía decidió enfrentarlo. La valentía llegó con el alivio. Con la certeza de que Azel estaría bien. Necesitaba recordarle a Adriel que eran exesposos. Que, aunque fuera la madre de sus hijos, como él tanto decía, eso no le daba derecho a opinar o dirigir su vida. El departamento estaba silencioso. La luz de la tarde
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