Mía negó con la cabeza. Se volvió a pasar el dorso de la mano con brusquedad sobre el rostro.—¿Es en serio? ¿De verdad crees que estás en condiciones de pedirme algo? —Apretó el bastón con demasiada fuerza y se puso de pie.Adriel también se levantó. No se atrevió a tocarla ni a pedirle que se detuviera.—Somos exesposos. —Respiró hondo—. La mitad de lo que es mío te pertenece.—Yo no quiero nada tuyo. —Mía habló en susurros—. En su pecho ardía el más profundo y doloroso de los odios. Apretó la mandíbula. Lista para largarse de ahí.—Tienes dos hijos.Esa simple oración hizo que ella se detuviera en seco. Alzó el rostro y volvió a contemplar esos ojos grises.—No es tu asunto. —Se acomodó para irse.Los dedos de su exesposo se hundieron en la piel de su hombro.—No es un regalo. Es lo que por ley te pertenece.—N-no quiero. —Titubeó.Los pasos de un mesero interrumpieron la discusión.—¿Está todo bien? ¿Necesitan algo? —preguntó con monótona cortesía, consciente de que eran solo otra
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