Un mes después…Su pequeña bebé logró respirar por sí sola. Aumentó su peso. Sus mejillas, antes pálidas y traslúcidas, adquirieron un tono rosado.«Es perfecta», se dijo Mía al tenerla en sus brazos por primera vez sin cables. Sin monitores. Sin alarmas.Solo ella y su hija.Pequeña, frágil; pero viva. Tan viva.—Felicidades, pequeña Izel. Al fin irás a casa. —Una enfermera joven le canturreó mientras envolvía el cuerpecito en una sábana suave.Mía sonrió. La embargó la esperanza. Un sentimiento que había olvidado durante semanas. Un respiro en medio del caos.Pero no tardó demasiado en volver a su preocupación habitual.Su hija se iba con ella.Su hijo debía continuar en atención especial.La mirada se le fue hacia la incubadora del otro lado de la sala. Azel seguía ahí. Conectado a tubos. Al respirador.Dejarlo ahí, entre máquinas y alarmas, dolía mucho.El diagnóstico del doctor era que había mejorado. Pero no lo suficiente.Aún no.—Gracias. —Mía recibió a su niña en brazos. El p
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