—Sí lo dijiste. Antes de ver a nuestro hijo. —Hizo mucho énfasis en la última palabra. Los ojos grises se clavaron en ella. Intensos.
Mía recordó vagamente la llamada. De seguro habló en voz muy alta por la impresión. El pánico la hizo descuidada. El corazón le dio un vuelco al recordar su propia voz desesperada.
—Bien. Puedes irte. —Las palabras salieron secas. Cortantes.
—Te he dicho que yo te llevaré a ver a ese criminal. —Adriel cruzó los brazos. La postura rígida. Inmovible—. Y no hay disc