Ver a su bebé con los labios amoratados, la piel pálida y conectado a tantos aparatos le partió el corazón.
En su pecho algo quemaba. Dolía. La dejaba rota y sin aire.
«Debe prepararse para lo peor», le había dicho el médico.
Las palabras se le quedaron grabadas. Como una herida que no cerraba.
Cuando le pasaron los papeles para firmar el traslado, oía las explicaciones lejanas. Como si sus oídos estuvieran tapados por agua. Las voces llegaban distorsionadas. Irreales.
Firmó cada papel. Vio