Ulises se guardó el dinero en el bolsillo del chaleco con un gesto despreocupado, pero sus ojos no se apartaron de Theodore. No lo hacía por la propina, sino por el placer de ver al hombre más rico del sector temblar frente a un montón de escobas y detergentes.Theodore, sintiéndose un poco más seguro al creer que el "empleado" había aceptado el soborno, soltó un suspiro de alivio.— No ha pasado nada, señor. Creo que escuchó mal. — dijo Ulises con una voz tranquila, casi burlona — Aquí no ha visto a nadie, y yo no he visto nada. Pero dígame, ¿por qué tanto interés en la señorita Eva? ¿Qué podría querer un hombre como usted con una simple mesera?Theodore dudó, mirando la puerta cerrada como si temiera que las paredes tuvieran oídos. Al final, la desesperación pudo más que su prudencia.— Solo necesito hablar con ella — confesó Theodore en un susurro cargado de angustia — Necesito explicarle cosas... cosas del pasado que ella no entiende. He intentado acercarme, pero siempre hay algo
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