Eva estaba hundida en las almohadas, pero su mente, alterada por la mezcla de alcohol y la sustancia que le habían dado, no se callaba. Tenía los ojos entreabiertos, vidriosos, y miraba al techo como si estuviera viendo una película de su propia vida.— Es un tonto... — soltó de repente, con la voz arrastrada y un tono infantil que nunca usaría estando sobria — Un tonto sin corazón.Ulises, que estaba a punto de levantarse para dejarla descansar, se detuvo en seco. Se quedó apoyado sobre una rodilla en el borde de la cama, observándola con una mezcla de curiosidad y fastidio.— ¿Ah, sí? — murmuró él con ironía — ¿Y quién es ese tonto?— Él — continuó Bella, ignorando que lo tenía a centímetros — Ulises. Aparece de la nada, me grita, me trata como si no supiera cruzar la calle... y luego me trae aquí. Me hace sentir tan confundida. Odio que haga cosas buenas por mí. Odio que me sostenga el cabello y que huela tan bien.Ulises soltó una risa seca, un sonido ronco que resonó en la habita
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