Eva caminó por las calles que tan bien conocía pero que ahora se sentían distintas. Su plan era claro, o al menos eso intentaba convencerse: devolvería el reloj para cerrar su deuda con el psicópata, vendería el collar para salvar a su hermano y recuperaría su vida. Una vida normal, cotidiana, donde el apellido Rivera Falcó fuera solo un mal sueño.Su primera parada fue el restaurante de mala muerte donde trabajaba. El lugar olía a grasa quemada y desinfectante barato, un mundo de distancia del mármol de Alejandro.— ¡Ni se te ocurra dar un paso más, Eva! — la voz de su jefe, un hombre llamado Mario, tronó desde la cocina en cuanto la vio entrar.— Mario, por favor, déjame explicarte... — comenzó Eva, tratando de suavizar la voz y ocultar el temblor de sus manos.— ¿Explicar qué? ¿Cómo vinieron esos animales a destrozar mis mesas buscando tu cabeza? — Mario salió al comedor con un trapo sucio al hombro y la cara roja de rabia — Los rumores hicieron que los clientes huyera espantados
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