El frío se le coló por los huesos antes de que la primera imagen apareciera. Todo se sentía borroso, como si mirara a través de un cristal empañado por el vapor. Había un murmullo constante, una marea de voces que se amontonaban unas sobre otras.
— Pobre infeliz... la corriente no perdona —decía alguien sin rostro.
Un pánico sordo, como el latido de un tambor bajo el agua le golpeó el pecho. Eva sentía sus manos pesadas, entumecidas, mientras apartaba a la multitud. Los cuerpos de la gente se s