Eva caminó por las calles que tan bien conocía pero que ahora se sentían distintas.
Su plan era claro, o al menos eso intentaba convencerse: devolvería el reloj para cerrar su deuda con el psicópata, vendería el collar para salvar a su hermano y recuperaría su vida. Una vida normal, cotidiana, donde el apellido Rivera Falcó fuera solo un mal sueño.
Su primera parada fue el restaurante de mala muerte donde trabajaba. El lugar olía a grasa quemada y desinfectante barato, un mundo de distancia de