Cuatro minutos.
Eso tardó Ethan Cole entre colgar el teléfono y bajar al garaje.
No hizo la bolsa. No llamó a nadie. No se preguntó si era el momento correcto ni qué encontraría cuando llegara ni qué diría cuando lo encontrara. Tomó las llaves del coche del gancho junto a la puerta. Tomó el abrigo del respaldo de la silla. Y tomó el post-it amarillo que llevaba en el bolsillo interior desde Clerkenwell —desde la pared de ese apartamento en el que había pasado dos años diciendo su nombre en sile