Luciana oyó la puerta.
Estaba en el sofá de la sala principal con el té ya frío entre las manos y la nota de Ethan doblada sobre el cojín contiguo. Durante un segundo creyó que había sido el viento. La casa de Montauk llevaba horas crujiendo con la tormenta, respirando con el mar, haciendo sonar maderas y cristales como si también ella estuviera despierta. Pero luego oyó pasos.
Y supo.
No fue algo que pasara primero por la cabeza. Fue el cuerpo reconociendo antes que la razón: una certeza intact