El viaje a Londres era por trabajo. Luciana lo sabía. Aun así, los tres días previos se lo repitió como si la frase fuera una correa: algo para mantener a raya lo que no debía moverse.Sterling Industries tenía frentes europeos que no podían esperar: una firma de infraestructura en la City con cláusulas de arbitraje bajo jurisdicción inglesa que exigían firma presencial; dos fondos inmobiliarios con base en Canary Wharf; y una conversación larga —demasiado larga— sobre acceso al mercado de bonos verdes en la zona euro. Freddy había sido claro: los socios londinenses querían a la CEO allí, antes de que el trimestre empezara a oler a retraso.Nada de eso tenía que ver con que Clifford Chance, en Clerkenwell, quedara a cuatro kilómetros del Savoy.Cuatro kilómetros.La cifra se le había quedado pegada a la mente como se quedan las cosas que uno descubre sin querer: sin contexto, sin permiso, imposible de borrar.Julian la llevó al aeropuerto. No porque ella lo pidiera; porque él se ofrec
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