El viaje a Londres era por trabajo. Luciana lo sabía. Aun así, los tres días previos se lo repitió como si la frase fuera una correa: algo para mantener a raya lo que no debía moverse.
Sterling Industries tenía frentes europeos que no podían esperar: una firma de infraestructura en la City con cláusulas de arbitraje bajo jurisdicción inglesa que exigían firma presencial; dos fondos inmobiliarios con base en Canary Wharf; y una conversación larga —demasiado larga— sobre acceso al mercado de bono