El vuelo de Londres aterrizó a las seis cuarenta y dos de la mañana.
Ethan había dormido tres horas, las últimas tres, después de pasar las primeras cuatro con el expediente de apertura que ya se sabía de memoria y que había leído de todas formas porque leerlo era más honesto que quedarse mirando el techo del avión pensando en lo que no iba a pensar.
El JFK a esta hora tenía el ritmo específico de los aeropuertos antes de que la ciudad despierte del todo: eficiente, sin ornamento, con el único