El vuelo de Singapur a Abu Dhabi duraba siete horas.
Aisha durmió las primeras cuatro con la cabeza apoyada en el hombro de Stefan y un cuaderno abierto en las rodillas que nunca llegó a usar. Stefan no durmió. Leyó los informes del trimestre asiático hasta que dejaron de tener sentido y luego se quedó mirando la oscuridad afuera de la ventanilla con el tipo de quietud que había aprendido en los últimos meses: no el silencio de quien espera algo, sino el de quien ya está donde tiene que estar.