El vuelo de Londres aterrizó a las siete cincuenta de la mañana del quince de marzo.
Kate Morrison recogió su maleta de cabina — solo de cabina, siempre, porque esperar en la cinta de equipaje era tiempo que podía usarse para otra cosa — y caminó hacia la salida con el paso de quien sabe a dónde va y no necesita anunciarlo.
El JFK a esta hora.
El mismo aire frío que Ethan había recibido diez días antes. Kate lo recibió igual: sin moverse, un segundo, dejando que el cuerpo calibrara la temperatu