Stefan se quedó del lado de las salidas hasta que Aisha desapareció en el corredor. No por sentimentalismo, sino porque no había razón para irse antes.En el coche de vuelta, solo, con el calor de Singapur contra la ventana, pensó:Aisha Al-Mansouri no le había pedido nada en tres días. Ni su apellido, ni su agenda, ni su historia. Había traído la suya y la había puesto sobre la mesa —Sharjah, la conferencia, los cuadernos, la manera de mirar— sin necesitar que él le hiciera espacio.Había ocupado el suyo.Y Stefan, que llevaba veintisiete años confundiendo el espacio que le daban con el espacio que merecía, lo sintió distinto.Como alivio.Como lo había sentido en Dubái.Como siempre lo sentía cuando alguien no le pedía nada: esa calidez específica que se parecía demasiado a otra cosa y que él, por costumbre o por patrón —o por ambos—, convirtió en algo más grande de lo que era todavía.No lo supo entonces.Solo supo que cuando volvió al piso veintidós y el equipo le preguntó cómo hab
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