El café olía diferente.
No era el espresso de la cafetera italiana que Stefan llevaba cinco años usando en el apartamento de Manhattan. Era otra cosa. Más denso. Con algo ahumado en el fondo que no terminaba de identificar.
Abrió los ojos.
El techo era el mismo de siempre: blanco, liso, con la grieta fina en la esquina derecha que nunca había mandado a reparar porque en este apartamento nunca había pasado suficiente tiempo como para que le importara.
Ahora le importaba.
Giró la cabeza despacio.