Stefan salió a las seis de la mañana.
Aisha lo escuchó desde la cama: las llaves en el cuenco de cerámica, el sonido de la puerta, el silencio después. No se levantó a despedirlo. No era su costumbre cuando él salía temprano y ella se quedaba. Habían construido eso también: el derecho a no convertir cada salida en un evento.
Se quedó quieta unos minutos más.
La habitación sin él tenía una temperatura diferente. No el frío de la ausencia: solo el espacio de alguien que no está. Aisha conocía la