La gala era por protocolo.Eso fue lo primero que Luciana se repitió mientras Jerome le abría la puerta del coche frente al museo: Sterling Industries tenía una donación vinculada al ala nueva, y su presencia era parte del acuerdo, no una elección.Se lo había dicho tres veces y ya sonaba menos a certeza y más a excusa. No para el mundo —el mundo aceptaba cualquier explicación si venía con un apellido— sino para ella: para no admitir que lo que la cansaba no era la gala, sino llegar sola.El Met, en noche de gala, cambiaba de máscara: flashes, risas calibradas, saludos con nombre de pila que eran intercambio de posiciones.Luciana cruzó ese ruido con un vestido azul marino, líneas limpias, sin brillo innecesario, y una expresión que decía: estoy aquí por trabajo.Jerome caminó un paso detrás. No era escolta teatral. Era calma logística.—Sala egipcia primero, luego ala sur —murmuró, como quien recita un itinerario que no debería sonar a guion.Luciana asintió y entró.El champagne esta
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