El primer mensaje llegó doce días después de Dubái.
No era urgente. No tenía ese tono que Stefan aprendió a detectar antes de abrir un correo: la urgencia se delata en el asunto, en la hora, en cómo el remitente se nombra. Este no tenía nada de eso.
Era una fotografía.
Una sala de museo. Luz lateral; de esa que no se instala, se gana con décadas, cuando el edificio y el sol por fin se entienden. En el centro, una vasija de cerámica del siglo III, restaurada con las líneas visibles: no escondida