El teléfono fijo del despacho sonó a las nueve y diecisiete de un miércoles de febrero.
No el móvil. El fijo.
En Clifford Chance, el fijo era para cuatro tipos de llamada: clientes, socios, recepción y gente que tenía el número directo porque lo había ganado. Ethan lo había dado a trece personas en dos años.
Reconoció el prefijo antes de coger.
Nueva York. Número privado.
No el de la Torre Vanderbilt —ese venía por líneas corporativas—. Este era otro. Uno que había visto una sola vez, reflejado